Las mil y una formas de ser artista (en la literatura)

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La figura del artista ha sido protagonista de innumerables historias, elucubraciones y fantasías, vinculadas a un grupo selecto de personas que parecieran estar tocadas por una varita mágica o un halo divino, lo cual les facilitaría un talento creativo único, percibido en ciertos momentos históricos como sobrehumano. Muchos fueron los escritores que tomaron a estos trabajadores de la creatividad como personajes principales de sus relatos; en esta nota seleccionamos a sólo dos de ellos: el sudafricano y premio Nobel John Coetzee y al joven escritor y guionista argentino Pedro Mairal. Ambos abordan la figura y el trabajo del artista desde una perspectiva diferente, tomando diversos aspectos de su personalidad y labor.

John Coetzee encara en su novela “Juventud” la formación de un joven aspirante a poeta, migrado desde su Sudáfrica natal a un frío e impersonal Londres. El cariz autobiográfico se filtra constantemente, mezclando al protagonista de la historia con su autor, en una pregnante identificación que los une hasta en el nombre. Los procesos de pensamientos por los que el personaje atraviesa para llegar a alcanzar los parámetros que considera como los pertinentes a un verdadero artista, lo llevan a posicionarse desde una perspectiva romántica, como si de una metaespecie humana se tratara.

La atracción sexual ejercida por esta pequeña secta de elegidos por sobre las personas circundantes es indiscutida para él, así como la imposibilidad del artista de establecerse en un único vínculo amoroso, destinado como está a experimentar continuamente, enriqueciendo así sus fluidos creativos.

Para John el destino del artista es sufrir el anonimato y el ridículo, hasta el día en que se revelen sus poderes. De qué tratan estos poderes no lo sabemos, pero las implicaciones amatorias, además de las artísticas están seguramente incluidas en ellos. La cualidad artística se encuentra para el personaje inextricablemente unida a la atracción y la potencia sexual. Al entender de este joven inmigrante (quizás también para el Coetzee adolescente), el sexo y la creatividad van de la mano, y es por el hecho de ser creadores que los artistas conocen “el secreto del amor”.

Las mujeres se desharían así ante su mera presencia, intentando contagiarse del fuego que arde en las entrañas de todo artista, una llama que consume pero que a la vez renueva todo lo que toca.  Una mujer sentiría, al unirse al artista, arder el fuego del arte, experimentando un éxtasis imposible de describir. Una visión un tanto misógina que lleva a  prescindir a las féminas de esta llama creadora, salvo por escasas excepciones, lo que deriva en que busquen percibirla mediante el contacto con el “genio” de género masculino. Con reminiscencias a las teorías freudianas que construyen la personalidad femenina en base a la ausencia del falo, de la misma forma, las mujeres carecerían de este fuego sagrado.

Otra conclusión a la que llega el protagonista es que, afortunadamente para ellos, los artistas no tienen razón para preocuparse por sostener una moral intachable, ya que lo verdaderamente importante y lo que se espera de ellos es la gestación del gran arte, eximiéndolos así de un buen comportamiento social.

El adolescente aspira poseer en su interior la supuesta llama, aunque hasta el momento no haya tenido aun ninguna manifestación de su existencia.

“Salvatierra”, la novela de Pedro Mairal, abandona la palabra en primera persona del artista como narrador para centrarse en sus descendientes, dejando entrever ciertos mecanismos del arte y la fama. Juan Salvatierra, joven de un pequeño pueblo entrerriano, queda mudo como consecuencia de una caída de caballo. De ahí en más y hasta el último de sus días se dedicará a la pintura, dejando a su muerte un legado kilométrico de rollos pintados, a modo de un diario personal ilustrado. A lo largo de toda su vida se dispuso a crear un cuadro único, sin marcos, que lo abarcara todo y fuera fluido como la corriente de un río. Por eso no cortaba las telas, sino más bien al contrario, cosía unas con otras para obtener lienzos de decenas de metros en las que las escenas se sucedían, con o sin solución de continuidad.

Pero además de su manera tan peculiar de trabajar, la particularidad que lo distingue es que no dejó para su estudio o interpretación póstuma nada por fuera de las obras mismas. Lo curioso del caso de este artista secreto era su renuencia a brindar cualquier tipo de entrevistas, a dejar nada escrito donde se expidiera sobre su arte.  Su aislamiento del mundo artístico y cultural de la época era tal, que se negaba incluso a exponer lo que hacía, ya que una vergüenza feroz se lo impedía. No sólo no le interesaba el reconocimiento, sentía incomodidad frente a él y a todo lo que distrajera su trabajo diario.

Este silencio en relación a semejante corpus de obra, abrió la puerta para que los curadores y críticos llevaran adelante las teorías y opiniones más diversas en derredor de la misma. En la apreciación del hijo, quien se hace cargo del registro y la venta de las obras recientemente descubiertas, la ausencia del autor constituye una ventaja para los espectadores de esta pintura infinita, ya que no hay interferencias en la apreciación. La imagen y su contemplador se unen sin discursos externos de ningún tipo, permitiendo que el disfrute sea más libre y menos condicionado.

Tanto vecinos y coterráneos que ignoraban por completo la inclinación artística de Salvatierra, como familiares alejados y hostiles en vida, contaban luego de su muerte en entrevistas televisadas y documentales, anécdotas inventadas en torno suyo y su trabajo, congraciándose de haberlo conocido. Las trabas burocráticas vinculadas al traslado y la puesta en valor del patrimonio, así como la desidia gubernamental frente al campo artístico también hacen su aparición en el relato de Mairal.

Dos formas diferentes y hasta opuestas de ser artista, en las sombras o buscando los beneficios adyacentes de la fama; en la creación permanente, sin prejuicios estéticos ni modas o con la pretensión de alcanzar al ideal que representan los maestros elegidos; manteniéndose en los regionalismos o apostando a la internacionalización. Si una de estas estrategias resulta  más válida, más auténtica o más exitosa que la otra, bien vale perdernos en discusiones que no pierden vigencia y nos ayudan a enriquecer un debate siempre contemporáneo e irresoluto.

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