Las ruinas que el vacío dejó

¿Es posible construir desde el vacío? ¿Desde la ausencia? ¿Desde el abandono? ¿Queda algún residuo, algún resto que habilite una nueva enunciación, la reconfiguración de algo nuevo?

Aristóteles rechazó la idea del vacío porque no permitía el contacto entre las cosas, una inexistencia aparente de materia, con dimensiones espacio-temporales indefinidas. De ser así, ese contacto que el vacío impide, lo proyectamos, lo completamos. El cerebro humano no puede tolerarlo, adjudicándole un significado a todo lo que nos rodea.

No puede haber existido jamás el tiempo vacío, en que no hubo ni ocurrió nada. De la misma forma, es improbable un espacio vacío desvinculado de la materia y de su movimiento, ya que es lo que determina su posibilidad. 

En esta exposición la luz funciona como señuelo, delatando lo que ya no está. Pero deja pistas para su reconstrucción, para la revelación de su origen. Las obras se constituyen a partir de la ausencia. Sus características se mantienen, pero el objeto se nos escapa.

A pesar de las apariencias, la obra de Paul Sende no tiene colores; salvo en los márgenes, su fondo es completamente blanco. Sin embargo, cada una de las superficies que la compone tiene un baño de luz que se proyecta y lleva a suponerlas plenas. El cerebro posee la capacidad para inventar la realidad o redondearla, cuando un detalle de la experiencia se presenta como inconcluso. Pero también nos engaña a través de ilusiones perceptivas.

La pieza se configura como un link, un hipervínculo que desde un diseño digital primigenio, encuentra su expresión física en un formato analógico y artesanal. Y abre un portal de un universo hacia otro probable.   

Mariela Yeregui, junto a Marlin Velasco, transita por los límites de una ciudad. Dos jurisdicciones, distintas leyes, distintos presupuestos, distintas políticas divididas por una gran avenida: la General Paz. Una pantalla conectada al GPS dibuja sus recorridos, derivas siempre disímiles, a ambos lados del territorio. Tenemos las huellas, los planos, para desandar el camino y buscar las intervenciones que las artistas dejaron incrustadas en el linde, como mojones que revelan su andar. 

Se extrajeron pruebas que fueron analizadas minuciosamente para ubicar los bordes reales, más allá de lo que dicta la cartografía. Esos testimonios se reciclaron y convirtieron en dispositivos, que serían luego devueltos para establecer una nueva demarcación. Cada pantalla que forma parte de la instalación remite a un día de pesquisa, y en ella vemos el itinerario que traza el curso hacia el área donde comienza el espacio residual y la entropía.

Jorge Haro enfrenta al espectador con una presencia fantasmal, un espectro, en las diversas acepciones del término. Una serie de haces de luz delinean un movimiento, indicando determinadas frecuencias e intensidades. Pero, ¿de qué? Del elemento que alguna vez lo originó: un sonido que no podemos escuchar, sólo imaginarlo o deducirlo a partir de la información brindada, y recién entonces completar la dimensión auditiva de la cual ahora carece.

La materia (el sonido) y el movimiento (ondas, vibraciones) son inseparables. La materia encuentra en el movimiento uno de sus atributos y formas de exhibirse. Su visualización permite el resurgimiento del componente ausente. Emerge como un indicio, un sedimento que hace su aparición a través de mecanismos lumínicos que impiden su pérdida.

Javier Bilatz pone en relación evidencias de tiempos diferentes, unidas por un mismo código. Una ruina, vestigio probable de alguna civilización, exhibe en su superficie una escritura apócrifa. El símbolo matemático del vacío (ø) sirve de base a toda una serie de signos, conformando una lengua desconocida y aparentemente incuantificable en su configuración.

Este resto encuentra un eco en una estructura moderna, tecnológica, que en su superficie replica y diversifica los símbolos de la placa de arcilla. No hay una interpretación de los mismos a priori, pero tampoco importa cuando la escritura es una convención en sí misma. En algún momento le atribuimos un sentido a una serie de líneas que bien podrían haber sido otras. No obstante, el significado que le asignamos a esas líneas no es inocente, se encuentra más bien en permanente estado de pugna por definir aquello que designa.

Probablemente la música, junto a la poesía, sean en su estructuración las disciplinas artísticas más ligadas a la matemática. Pocos años atrás, una estrategia nueva de composición apareció en los entornos digitales, el bytebeat, diseñado para generar música a partir de fórmulas y operaciones aritméticas muy simples de una sola línea de programación.

En una nueva traducción entre lenguajes, Diego Alberti desarrolla un dispositivo lumínico que genera patrones visuales en base a este código; conformado a partir de caracteres cuyas combinaciones  parecen infinitas pero no lo son, ya que se encuentra limitado a un cierto rango de valores. Cambiar una letra no implica sólo cambiar una nota, sino modificar la melodía, sin conocer por completo de manera previa el efecto derivado. Esa escritura básica, arbitraria, inventada por nuestra civilización, da paso ahora en su simpleza a expresiones múltiples, habilitando campos que paradójicamente implican ceder el control.

El vacío no es la nada, es una forma de manifestación de la materia, habitada por fuerzas, y si no podemos verlo, sí podemos observar sus efectos. Si somos capaces de generar construcciones simbólicas a través de sus medios de existencia, entonces lo impregnamos de significado.

Somos testigos de una pandemia que tal vez cambie la percepción que tenemos de las palabras y las cosas. Producimos a partir de algo que no está, que quizás nunca estuvo. Nuevamente, los artistas nos dan una pista: otra concepción del mundo es posible.

Evelyn Sol Marquez

“Las ruinas que el vacío dejó”

Artistas: Jorge Haro, Mariela Yeregui, Diego Alberti, 
Javier Bilatz, Paul Sende

Pabellón 4 Arte Contemporáneo. Ramírez de Velasco 556
Lunes a viernes de 14 a 19hs. Con cita previa
Hasta el 30 de noviembre.

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