El Mundo Inmaterial de Karina El Azem y Gustavo Ríos

C1-9MM_2013_120x100cm_Edicion de 5 copias

La belleza es siempre un velo a través del cual debe presentirse el caos

, decía el filósofo Eugenio Trías. A veces nos engaña, nos atrae con abalorios y artilugios para que nos posemos sobre sus encantos, y cuando caemos, rendidos a sus pies por la atracción que lo bello siempre ejerció sobre la especie humana, nos damos cuenta de que lo que realmente se escondía detrás no era sino una mano de acero envuelta en un guante de terciopelo. Disfrazado tras las apariencias se encuentra el significado más profundo, que trasciende las cuestiones formales pero sin descuidarlas.

Esta aparente ingenuidad es la que se agazapa en las obras de Karina El Azem y de Gustavo Ríos. Una atracción irrefrenable nos imanta hacia ellas, nos conquistan en una primera aproximación por sus patrones cercanos al diseño y la geometría, por su estallido de color y su variedad de formas.

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Las obras de El Azem se constituyen como un oxímoron, una contradicción de términos dentro de una misma forma visual. Sus obras inmensamente atractivas por su colorido y su belleza, esconden un trasfondo de profunda violencia que aguarda en estado latente la oportunidad para manifestarse. Al adentrarnos en los materiales utilizados, descubrimos en su composición elementos creados con el fin de matar: cápsulas de balas, municiones, cartuchos de 9mm tomados como módulos para diagramar pinturas digitales. Mezclados entre canutillos y cuentas de vidrios de colores, estos materiales parecen estetizarse, embellecerse mediante el contexto que los rodea, pero su intención sigue indemne. Extraídos de la obra, volverán a recuperar su potencial asesino y destructor.

Otro choque que se produce en sus obras es la fusión entre los principios de lo femenino y lo masculino. Las armas, su portación, las guerras, las disputas, son asuntos vinculados históricamente con el género masculino, enviado desde los albores de la civilización a formar parte de enfrentamientos armados, con el objetivo de la conquista o la defensa de los territorios y las almas. Por otro lado, tenemos los patrones decorativos, el diseño, lo delicado de los bordados y las costuras, actividades asociadas de un modo genérico al universo femenino. Ambas variables se unen en los trabajos de Karina; parecen congeniar, fortalecerse mutuamente. La armonía se hace presente, pero nada puede garantizarla ni convertirla en eterna. El chispazo puede saltar en cualquier momento e invertir los órdenes conocidos.5

El Azem redescubre el campo de lo ornamental, segregado de la esfera artística como un arte menor y trivial. Los artistas de Oriente desarrollaron incontables esquemas decorativos gracias a Mahoma, quien en su prohibición de la representación por medio de imágenes, impulsó a los artistas al mundo de las líneas y los colores, creando diseños sutiles y gamas cromáticas riquísimas que El Azem actualiza y potencia en el presente.

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El procedimiento de Gustavo Ríos funciona más bien a la inversa. No es al caos y a la violencia a lo que conduce, sino a la meditación y los espacios sagrados.
Si bien el arte geométrico lleva implícita la autorreferencialidad de la disciplina artística en el hecho de eludir la inclusión de cualquier elemento existente en el mundo cotidiano, no significa que el sentido de la obra este anulado en su ausencia de referencias. Gustavo Ríos utiliza como base para sus trabajos las investigaciones estéticas y formales previas, realizadas por artistas como Mondrian, Petorutti y los geométricos de los años ’20 y ‘30. Las obras no escapan a una cuota de misticismo, al hallarse también presentes influencias de técnicas orientales de meditación y de adivinación como es el tarot.

Incluso un geométrico extremo como fue Mondrian, dentro del discurso teórico que acompañaba su producción pictórica, apelaba a fuerzas superiores para que se hicieran presentes en sus obras, convocando y buscando plasmar así la “esencia” del mundo, la “substancia” de todas las cosas, el “espíritu”, el “futuro”, su psique y sus deseos profundos.

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Todo se mueve, todo está en movimiento en busca del equilibrio ideal. Las diagonales incontables se reproducen hasta el infinito, trasladándonos de un plano al otro de la pintura, e incluso expulsándonos de ella, con vectores cuya intención manifiesta es abandonar las dos dimensiones y prolongarse sin límites por todas las direcciones del espacio, buscando nuevas conexiones y centros.

Las formas guardan una estrecha relación con la energía, emitiendo vibraciones determinadas. Cada forma emite una vibración relacionada con la información que contiene. Pero lo semejante se atrae; cuando percibimos la atracción que estás piezas activan, es porque dentro de nosotros, como espectadores hay algo similar que resuena con ello. El cuerpo reacciona, porque como demuestran los estudios antiquísimos sobre la “divina proporción”, la geometría sintoniza más con el lenguaje del cuerpo que con el de la mente, ya que la parte del cerebro encargado de reconocerla es el hemisferio derecho, la parte intuitiva y no la lógica que marca el hemisferio izquierdo.

Inevitablemente, algo en estas obras permanece latente, como algo que se retira pero sigue al acecho y es capaz de dar un salto salvaje. Lo latente que se esconde y está vivo, un poder invisible que reside bajo la superficie aguardando para manifestarse.

Curaduría: Evelyn Marquez

Hasta el 28 de octubre

Galería Cecilia Caballero

Av. Alvear 1761, local 9.

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