“La inmensa densidad de tu amor”, Martín Calcagno en Elsí del Río

arco

Y de pronto sucede.  Aparece una persona especial que se nos cruza en el camino y de repente, mal que nos pese, todos esos prejuicios sobre la cursilería y el romanticismo no sólo se esfuman, sino que se tergiversan y nos vemos identificados en ellos.

El amor nos obsesiona, nos encuentra diciendo frases que podrían superar al mejor guionista de una novela venezolana.  Martín Calcagno sabe muy bien reflejar esa sensación que perturba el temple de hombres y mujeres, despertando las pasiones más irracionales.

De eso nos habla una obra como “Dejame amarte”, una diana con decenas de flechas doradas que logran incrustarse cerca, muy cerca, a tan sólo milímetros del centro, pero ninguna de ellas alcanza el objetivo: penetrarlo y apropiarse de él. Todas las flechas le resultan esquivas a este exquisito y selectivo centro.

capricho

La hermosa densidad de tu amor es el título que detentaba la muestra, y condensa en varios niveles lo que allí podíamos encontrar. Las esculturas de Calcagno estás realizadas con materiales rígidos  como el vidrio, la madera y el bronce. Sin embargo en algunas ocasiones, estos materiales parecen olvidar sus propiedades originarias para volverse volátiles, maleables, dulces. Sus pulidos perfectos los asemejan a la tersura y suavidad de la piel. De una piel sensual y deseada.

Un halo a amor cortés envuelve la sala. Un escudo que podría pertenecer a la heráldica de la nobleza medieval  se posa en la pared y carga con la leyenda “Quiero ser tu capricho”.  Suena a súplica, confesión arrancada en un momento de pasión intensa cuando el uso de las palabras atraviesa el filtro del recato y se escapan sin más.

Malquerido”, sin embargo, tiene el gusto de la venganza, del desamor, del despecho.  Un as de corazones delineado en bronce sobre una base octogonal  es atravesado por un puñal que reclama expiación por el daño hecho y el corazón herido.

pezSorprenden las naturalezas muertas, realizadas con los mismos materiales antes mencionados, una de ellas compuesta por un pescado que escapa de una envoltura dorada y broncínea,  apoyado en una tabla de cortar, con un ananá y algunos otros objetos que lo rodean. Las armas blancas y los elementos filosos y cortantes (hachas, cuchillos, navajas) se hallan por doquier. Están ahí para recordarnos que en el amor no todo tiene la suavidad de la seda; los momentos punzantes y peligrosos también acechan.

Destellos dorados se irradian por la sala y nos salpican, reflejos intensos emitidos por los metales, los cristales facetados y quién sabe sino, por nosotros mismos.

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