Juan Miceli, el impostor

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¿Existe alguna posibilidad de verdad en una obra de arte, si la producción artística no es más que el punto de vista subjetivo de la persona que lo crea? Este interrogante perdura desde hace siglos, y la afirmación de la existencia de verdad en el arte es puesta en duda desde el descrédito despiadado con el que Platón trató a los artistas.

Los griegos, en su búsqueda permanente de la perfección, establecían una homologación entre las categorías de lo moralmente bueno, lo bello y lo verdadero; se trataba de cualidades innatas a cualquier obra de arte que tuviera algún valor digno de alabanza, y las apreciaciones opuestas implicaban caer en la reprobación.

Los artistas crean una realidad acorde a sus ideas e intereses, se introducen en temas controversiales generando una versión del mundo. Cuestiones sociales, políticas, matemáticas, son abordadas en un carácter autodidacta, no admitido o considerado poco serio para profesionales de otras especialidades más rígidas y académicas alejadas del arte.

¿Pero podemos creer en la versión que los artistas nos ofrecen? ¿Cómo sabemos que no se trata de un engaño, que sus hipótesis y afirmaciones no responden sólo a sus intereses estéticos, que no juegan con nosotros, ilusos espectadores que seguimos creyendo en que su palabra es sagrada y le brindamos nuestra confianza?

DSC09535Si el artista toma un rol que no le corresponde como es el de explicar temas en los que no es experto, podemos pensar entonces que en cierta manera es un impostor. Toma una postura que nos hace creer que es cierta, y le creemos.

¿Hay forma de comprobar si el artista nos está diciendo la verdad en la discursividad de su obra? En todo caso, podemos pensar que hoy en día la “verdad” es un factor secundario en las producciones de arte contemporáneo, un juego que en todo caso decidimos jugar.

Juan Miceli nos presenta en su muestra en la galería Alpha Centauri el espacio donde la metamorfosis del impostor ocurre, donde al artista se emperifolla para cambiar de rol y apariencia. Entramos a su laboratorio: pestañas postizas, lentes de contacto, piezas dentales, infinitos adornos. El botiquín de un baño con todos los materiales necesarios para convertirse en quien no es y adoptar la personalidad de quien podría ser.

DSC09539Encontramos numerosos elementos propios del baño dispuestos en torno a la muestra, el ambiente de mayor intimidad dentro de una casa, donde intentamos parecernos a un otro. Cambiamos de peinado, cantamos frente al espejo imitando a algún famoso, nos maquillamos para adoptar un nuevo aspecto, impostando al fin y al cabo una nueva personalidad duplicada.

En un proyector de diapositivas apoyado sobre el piso vemos a Miceli fotografiado en el baño de su casa, poseído, rabioso, de mirada furibunda y amenazante. Desmiente así la apariencia del artista real, de supuesto carácter apacible y sosegado. ¿Cuál es el verdadero Miceli y cuál es el impostor? ¿Alguno de los dos será acaso el verdadero?

Recipientes iluminados de vidrio contienen mechones de pelo de colores diversos, como si estuvieran en germinación. Un  nuevo experimento para adornar al impostor.

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Traspasando estas escenas, el escenario de un ritual se eleva al fondo de la galería; un tótem coronado por unos cuernos de carnero, cubierto por lentejuelas; otras cabezas más pequeñas con púas en la boca. Los instrumentos del ritual reposan en el piso esperando volver a la vida en las manos del oficiante.

Qué impostación más primitiva, profunda y autentica a la vez que la de un ritual, donde los participantes dejan completamente de lado su personalidad y sus rasgos particulares para fundirse en una historia colectiva. Durante el tiempo ritual ya no son personas con un nombre, sino herramientas, transmisores, actores que interpretan un papel guionado en cada uno de sus detalles, reviviendo y actualizando un mito que en su circularidad temporal siempre está sucediendo en tiempo presente.

El oficiante de un ritual siempre termina siendo un impostor, presta su corporeidad para convertirse por un rato en otro ser, Dios o animal, que expresa sus deseos sin culpa individual alguna.

Pequeñas cabezas en arcilla aparecen diseminadas por la muestra, algunas más humanas, otras con rasgos de homínidos; mantienen la boca abierta y los ojos vacíos. Recuerdan a la legendaria “boca de la verdad”, ubicada en Roma. Cuenta la historia que esta máscara de mármol tiene el poder de descubrir cuando una persona miente o dice la verdad y que quien mienta perderá la mano si la introduce dentro de la boca. Estas pequeñas máscaras presentes por doquier, si bien resultan menos amenazantes en su contextura, bien podrían ser detectores míticos de impostores y falsedades. Quien se crea libre de simulación y duplicidad, que meta el dedo primero.

Galería Alpha Centauri

Aguero 793

Hasta el 21 de mayo.

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