Sobre “Zidane, un retrato del siglo XXI”, de Douglas Gordon y Philippe Parreno

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Un torrente de voces rueda por las gradas y se eleva al firmamento vacío. Entonces se opera el misterio de la fascinación. Desde ese instante el estadio se desconecta de la tierra y emprende su marcha de bólido a través de un piélago de emociones. Es como la sala oscura del cinematógrafo: un lugar fuera del espacio, del tiempo y de la realidad.

Ezequiel Martínez Estrada

Hay quienes piensan que el fútbol es aburrido, que son sólo 22 jugadores corriendo tras una pelota. El inconmensurable negocio que este deporte genera demuestra que hay algo más. Y sí, el fútbol es mucho más, es estrategia, es danza, es una batalla ritual que se reinicia una vez por semana; una válvula de escape de la sociedad, una canalización de la violencia, pero sobre todo de expectativas.

Un hincha aficionado, en la mayoría de los casos, al ver un jugador que admira, al gritar su nombre, al comprarse su camiseta, ver la repetición de los goles infinidad de veces y ponerle su nombre a sus propios hijos, no está viendo únicamente a ese jugador y sus habilidades, está viendo una proyección de sí mismo, de aquel que hubiera querido ser y que ahora encarna sus aspiraciones.

Sobre un ídolo internacional, ganador con sus equipos o con la selección de su país de todas las copas y campeonatos en los que hubo participado, trata el film “Zidane”, realizado por Douglas Gordon y Phillipe Parreno. Durante el transcurso de un partido Zizou es seguido en cada uno de sus movimientos por 17 cámaras desde todas las direcciones posibles dentro del estadio. 90 minutos es lo que dura esta película, equiparando el tiempo de juego y que no posee más argumento que el devenir de este partido a través del cuerpo mismo del mediocampista.

La filmación se realizó el día 23 de abril de 2005, en un partido entre el Real Madrid y Villareal y es acompañada de frases de Zinedine Zidane extraídas de una entrevista pero que aparecen únicamente en forma de subtítulos.

Si hubiera que encasillar a Zidane en algún género, no dudaría en colocarlo en el épico. Qué mejor encarnación del antiguo héroe legendario y guerrero que un jugador de fútbol, de complexión perfecta, admirado y odiado a la vez, capaz de centralizar las pasiones y conductas más irracionales, de concentrar rezos, plegarias y cábalas. Es el espectáculo en sí mismo, capaz de reunir a miles de personas que pagan para verlo y contagiarse de su talento.

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Temporalidades. El antropólogo argentino Rodolfo Kusch se dedicó a analizar los cambios de temporalidad que viven las personas en situaciones que rompen con la rutina cotidiana. Una de estas circunstancias excepcionales es el juego. Durante su transcurso, el tiempo esquemático de los relojes pierde vigencia para ser percibido de una forma distinta, de una forma relativa, en el sentido que Einstein le dio al término. Kusch observó cómo este tiempo relativo es vivido por los espectadores de los partidos de fútbol y denominó esta experiencia  como el “tiempo pa’mi”, un momento en que se congelan las preocupaciones de la rutina para  centrarse únicamente en un entretenimiento que otorga plenitud y que de alguna manera resulta inclusivo e integrador.

La denominación de Kusch era válida para los espectadores, ¿pero qué pasa con los artífices del juego, con los propios jugadores? En respuesta a esta pregunta, un jugador local, Martín Palermo, me respondió que su “tiempo pa’ mi” también se corresponde con las instancias de su profesión, ya sea con desarrollo del partido en sí, como con todas las actividades relacionadas, como los entrenamientos, las tareas  al aire libre y bajo el sol, lo que lo llevaba a sentirse privilegiado por la elección de su trabajo como deportista, en contraposición con un oficinista por ejemplo. Declaración que también vuelve aplicable la hipótesis de este tiempo diferencial para los jugadores.

Hans-Georg Gadamer no hace diferencias entre el jugador y el público, ya que señala que el espectador, al observar, acompaña, lo que no es otra cosa que la participación. El juego es un hacer comunicativo también en el sentido de que no conoce propiamente la distancia entre el que juega y el que mira el juego. Eso se percibe en Zidane, nos sentimos participes de sus movimientos, seguimos su mirada adonde sea que se dirija, ya que las cámaras nos lo permiten; recibimos la pelota junto con él y la solicitamos cuando no hay nadie del bando opuesto cerca que pueda impedir una jugada de gol. Sentimos su respiración, sus jadeos de cansancio más próximos que los de la persona que puede estar al lado nuestro mirando a su vez la película. Estamos ahí, en el campo de juego, pisando el césped durante los 90 minutos del partido, de una forma en que una transmisión tradicional no puede permitirnos más que apenas unos segundos.

Gadamer hace referencia a que toda obra de arte posee una suerte de tiempo propio que nos impone; esto es válido tanto como espectadores de un juego de fútbol, como para los espectadores de la película Zidane, en donde la forma fragmentada en que percibimos el partido hace que perdamos la noción del desarrollo habitual de los 90 minutos a jugar. A pesar de la proximidad y el nivel de detalle con que vemos todo, quedamos afuera de las jugadas, los goles, los pases en los que Zidane no es protagonista, lo que haría muy difícil relatarle a alguien el desarrollo del partido posteriormente. Vemos un partido completo, pero sin verlo.

La experiencia del tiempo es un tema central del film, lo que queda explicitado en la frase pronunciada por Zinedine que se reitera en varias oportunidades, acerca de que no se acuerda de un partido como de una experiencia en tiempo real, sino que sus recuerdos resultan fragmentados.

El azar. Como en pocos deportes, el azar se constituye como uno de los ingredientes principales que aporta atractivo al fútbol y que renueva la emoción en cada partido. Si bien hay elementos de peso que permiten inclinar la balanza hacia alguno de los dos equipos en un análisis previo, el azar, la suerte, la destreza, el clima, la hinchada y cientos de factores más influenciarán en el desenlace. Sin embargo Zidane no cree en nada de esto, asegura que al pisar el campo de juego lo embargaba la sensación de que este resultado ya estaba decidido de antemano, que nada de lo que pudiera hacer modificaría esa predestinación.

El sonido del ruido. La aparición de la música a lo largo del film resulta inconstante, dando sentido a las palabras de Zidane cuando refiere que hay instantes en que puede escuchar el tic tac zizoude un reloj o a una persona charlando con su vecino de asiento, le es imposible dejar de oír “el sonido del ruido” que genera la multitud; mientras que en otros momentos se aísla por completo y la concentración le impide percibir el griterío. La música representa entonces esos lapsos que son pura interioridad, en que todo mundo exterior se desvanece, alcanzando sesgos épicos que acompañan al héroe.

La apoteosis. Después de familiarizarnos por más de una hora con su rostro y sus rasgos, notamos que al fin sonríe, que hasta ahora no lo había hecho y que todo pareciera iluminarse y descontracturarse con este gesto. El ídolo sólo se permite un momento de distensión cuando el triunfo se aproxima, el partido se vuelca a su favor, y saluda a su compañero David Beckham. La superioridad numérica parece renovar sus energías y llevar a Zizou a establecer una lucha cuerpo a cuerpo por la posesión del balón, al resguardo de un éxito parcial. Sin embargo la seriedad no tarda en retornar, una sobriedad que rápidamente se transformará en violencia.

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Buena parte de una película se sostiene bajo la tensión que se produce cuando la historia alcanza su nudo y se aproxima el desenlace. Para un hincha, ninguna película se compara en dramatismo con los nervios que le genera ver a su equipo en la cancha, sobre todo cuando hay un trofeo de por medio. Podemos sentir esta ansiedad, en nosotros como espectadores, en Zidane como protagonista, de saber quién será declarado ganador cuando el silbato suene tres veces y el encuentro se de por concluido.

Pero algo ocurre, y en cuestión de segundos el ídolo popular es exiliado del campo, obligado bajo el peso de una tarjeta roja a retirarse dejando a su equipo en inferioridad de condiciones ante su ausencia. A partir de ese hecho, las cámaras lo abandonan y la transmisión concluye. Perdonando sus pecados, sus colegas lo palmean, la multitud lo aclama y lo nombra. Zidane está fuera. El espectáculo está por culminar. Los hinchas volverán a su hogar, los jugadores a los vestuarios. Alguien en Irak, en pleno conflicto bélico, entre corridas y el impacto de las bombas, usará su camiseta. Y como el héroe, se creerá invencible.

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